LA CIUDAD DE LA AVARICIA: DEL PROYECTO MODERNO A LA DICTADURA DEL RETAIL

LA CIUDAD DE LA AVARICIA: DEL PROYECTO MODERNO A LA DICTADURA DEL RETAIL

Por  Rubén Muñoz,  Arquitecto; Doctor en Historia, Teoría y Composición Arquitectónica, U. de Sevilla; Académico Escuela de Arquitectura UBB

El proyecto de ciudad moderna en Concepción resultó inconcluso, legándonos una serie de casos notables que debiésemos preservar de la vorágine inmobiliaria,  quizás un tanto idealizados por la ausencia de obras patrimoniales donde depositar la identidad local, constituyendo el último intento de una ciudad con un sentido coherente, formalizado por los arquitectos Emilio Duhart y Roberto Goycoolea en el plan regulador de 1960.

El campus de la Universidad de Concepción, el espacio “público” más vital y representativo de la ciudad; la remodelación Paicavi, un conjunto habitacional para la “clase media”, con la generosidad de los espacios abiertos de las supermanzanas; o la remodelación Catedral, un edificio comercial con una fachada urbana excepcional, con sus galerías abiertas hacia un jardín interior; bastarían para ejemplificar la voluntad de construir espacios urbanos de uso público de calidad.

Evitando la extensión indiscriminada de la ciudad, Duhart y Goycoolea proponían avanzar en la densificación de la ciudad tradicional que oscilaba en aquellos años entre pequeñas viviendas y edificios de cuatro pisos. En el centro urbano, recomendaban la tipología de placa-torre, con placas comerciales de dos pisos y torres de viviendas y oficinas retraidas de la vereda. Siguiendo las recomendaciones geológicas, establecen una altura máxima de treinta metros -doce pisos-, manteniendo unos distanciamientos razonables entre edificios -cuatro por manzana-, que junto con garantizar el asoleamiento y una “escala peatonal”,  permitieran un desarrollo armónico, heredero del racionalismo cartesiano.

Frente a estos casos, la ciudad contemporánea, en su relación con la  construcción del espacio público resulta cuando menos mezquina. Las nuevas torres construidas en la última década -30 pisos-, prometían democratizar el acceso a la vivienda revitalizando el centro de la ciudad, lamentablemente, como el sol, es una alegría que no está al alcance de todos los bolsillos. El valor del suelo sigue en alza, al igual que el precio de los departamentos, tal como el irracional crecimiento en extensión del área metropolitana.

Retomando la crítica realizada por Colin Rowe a la ciudad moderna, nuestro actual modelo de ciudad -contrario al deseo de sus habitantes- pareciera que va de forma directa “al fracaso físico y psicológico”, distanciándose de la calidad ambiental y sentido común de la ciudad histórica tradicional. Imaginemos su crecimiento en cincuenta años, una ciudad atiborrada de torres avalanzándose sobre sus sombrías veredas, sin constituir espacios de uso público, la ciudad de la avaricia, la casa se torna bien raiz, y sus habitantes, consumidores voyeristas.

Resulta urgente reformular el modelo de desarrollo urbano de las manzanas de Concepción, fomentando nuevas formas de agrupación que permitan densidades razonables adecuadas a nuestro contexto, tal como nos recordaba Roberto Goycoolea, al cumplirse cincuenta años del plan del sesenta, “la ciudad debe recuperar la configuración morfológica; algo que se ha abandonado en aras del máximo rendimiento económico del predio y del criterio de las inmobiliarias…, el urbanismo debe tener como fin último el bien social.” La ciudad, ese oscuro objeto del deseo, sometida al más descarnado lucro inmobiliario, a la ética de la máxima rentabilidad, a la “dictadura” del retail.

Fuente: Diario El Sur, edición 07/10/2018

 

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